A continuación, comparto un cuento sobre el miedo al amor que empezó un poco como reflexión y devino (como Cortázar solía contar al hablar de la autonomía que ejercieron los personajes de su novela Los premios) en otro relato que tomó vida propia.
Es fastuoso que [el hombre] sea capaz de cambiar
una sílaba de la palabra “amor”
y la convierta en “temor”.
***
Ya nunca más diré: «Todo termina»,
sino: «Sonríe, alma, y comencemos.»
En nuevas manos pongo nuevos remos
y nuevas torres se alzan de la ruina.
***
"...No finjas más, no ocultes la excesiva
hambre de mí que te arde en la mirada..."
hambre de mí que te arde en la mirada..."
Antonio Gala
Así estamos. Vos con tu miedo a que te quieran intentando hacer desarreglos en vano para que yo te deje. Generando en mí la inseguridad que me despierta tu silencio en mí la ansiedad y el reclamo. Y yo con mi miedo a cuestas a que me lastimen y entonces te pongo a prueba y ante la menor señal de desinterés de tu parte, reconstruyo el castillo lleno de trampas. Una verdadera fortaleza. Y dejo entrar y salir a quién yo quiero, pero hasta ahora nadie se atrevió a quedarse. Nadie tuvo el coraje suficiente para querer descubrir qué es lo que hay más allá de la sala principal, de los adornos costosos, del lujo de las muestras de arte, de la biblioteca, de la habitación.
Yo sentí que vos sí querías quedarte, que vos te ibas a animar a mirarme desde el sillón junto al fuego después del café y me ibas a proponer pasar otro día y otra noche hasta que ya no quisieras retornar a tu país de origen. Así íbamos a construir juntos. Quizá podríamos haber modificado la recámara principal, quizá yo podría haberte llevado en mis viajes para negociar acuerdos con otros países, quizá podríamos haber estado en silencio sintiendo cómo latían nuestros corazones al unísono una y mil veces más después de aquella noche en que no nos dijimos nada y a su vez todo quedó dicho.
Cuando quisimos exigir más de lo debido, a causa del miedo, te resguardaste en tu armadura, tomaste el caballo y, a todo galope, te fuiste de caza por el bosque para ver si el sonido de las aves que presagiaban el amanecer te hacían recordarme, para escuchar qué era lo que te susurraba la brisa que acariciaba las hojas, como las manos que estremecen el harpa. Acaso querías comprobar si al ver el amanecer solo, pensabas en mí, para evaluar y repensar cómo puede ser que alguien tan distinta y tan parecida en lo más profundo a vos podía hacerte quedar, te hacía develar su misterio, te entendía y te seducía y dejaba que la sedujeras una y mil veces hasta que quisieras quedarte para no irte más.
Yo, en mi fortaleza, en la inmensidad de mi palacio, con todas las fiestas, los compromisos, los espacios compartidos y también aquellos en dónde retumbaba el eco del silencio, la inmensidad de mi habitación que fue mía y tuya tantas veces en tan poco tiempo. Yo con mis compañeros de toda la vida, mi asesor, el Parlamento, las clases de protocolo, la Reina que pronto me cedería el trono, el Rey que construía otro castillo, mi hermana, la Emperatriz , que salía a entretener y se mezclaba con la plebe y se olvidaba, a veces, de que ella era una Princesa.
El gato negro que corría por la casa real de mi compañera, que había estado en mi coronación. Ella que había sido Reina de otras tierras, pero había abdicado, porque la guerra no era su metié y entonces había dedicado su vida a la paz y a reencontrar el amor.
Todos tu séquito, todavía en mi castillo. Mi pueblo, tu futura corte, todos a la espera de tu regreso, porque hasta ellos habían previsto que lo que había entre tus ojos y los míos sí era algo verdadero. Que cuando nos mirábamos sonreíamos con las pupilas. Que vos me pedías que te dijera lo que ya sabías, a pesar de que no había necesidad de que te transmitiera nada con palabras, porque se percibía en ese aire entre pesado y liviano que respirábamos al besarnos.
Yo sabía que era verdadero. Pero, al mismo tiempo, ese dolor de que hubieras partido me hacía pensar en mis planes, en mis compromisos, en los otros que quizá vendrían, como vos, a tratar de invadir el castillo.
Todo esto y vos lejos. Tan lejos. Pero tan cerca a la vez. Todos, esperándote. Los caballeros en la mesa redonda que se perdían en naderías y frecuentaban banquetes en tu ausencia. Toda tu futura corte en el bosque llamando tu nombre para que el viento lo llevara a tu encuentro, porque el Mago había pronunciado, finalmente, la profecía.
Y vos tomabas fuerzas. Yo que había estado dispuesta a develarte el misterio. En silencio, tracé el camino que te llevaría frente a ella. Decidí recorrerlo otra vez y quedé absorta por cómo relucía. Seguía estancada en la piedra también en la espera. Me pregunté si efectivamente tú eras.
La naturaleza siguió su orden. Los días se sucedían a las noches como las noches a los días. En algún momento, temí que al volver, ya la flor, que había crecido junto a la piedra y la espada, estuviera ya marchita.
Y el único que todavía no se había dado cuenta eras vos de que algún día no muy lejano, con Excalibur en mano, ibas a ser el Rey.
Andrea Carolina Cruz
Andrea Carolina Cruz
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